El Fiscal

EL   FISCAL.

Esposado bajó las escalas  junto al sargento, luego preguntó intrigad.
         ¿Qué pasó? ¿Por qué no pasé con el juez?
         Orden de  último momento, pasará a la fiscalía militar, contestó  parcamente el uniformado.
         ¡Fiscalía militar! Dijo  el hombre quedamente.
         -Sí,   Fiscalía Militar, enfatizó  el policía.
         -Pero  si yo,  solo iba pasando, insistió el prisionero.
         El policía  lo miró  despectivamente y carraspeo.
         -Y ¿Quién es el fiscal? Preguntó el detenido.
         -Juvenal Salinas, le respondió el sargento,  con aire autoritario y  seguro al referirse a su superior. El preso se rió.
         -No te rías desgraciado que ahí vas a saber lo que es bueno.
         Me está tomando el pelo Usted. Sargento. Dijo  el hombre humildemente.
         ¿Y por qué crees  que te estoy tomando el pelo? Discrepó el sargento.
         El preso  se volvió a reír, diciendo. Juvenal Salinas soy yo.
         ¿Y no puede haber otro con el mismo nombre?
         ¿No me vas a decir que es Salinas Ormeño?
         ¿Y si sabes para que preguntas?
         El rostro del hombre palideció desencajándosele los músculos de la cara.
         Pero tú eres Salinas Munóz, y no Ormeño, lo interpeló el Sargento, mientras seguían caminando hacia la Fiscalía.
        
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         Habían pasado ya tantos años, que parecía todo estaba olvidado y ahora esto.
         Cuando llegaron a su destino lo dejaron en una pieza  esperando al señor Fiscal, presentía que sus días ya estaban contados,  de alguna manera habría  que morir pensó. Además  el ya se encontraba Viejo, pero  así como se estaban dando las cosas no era nada de heroico.  El fue siempre valiente, ahora todo su cuerpo temblaba y un miedo terrible lo embargaba, se sentó  en una silla para ordenar sus recuerdos, no pensaba en la acusación sino en otros tiempos cuando era dirigente comunista y había Ganado todas las luchas y luego a Pisagua,  recordó a su mujer de aquel entonces olvidada hasta ahora.

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         Esa noche  llegó  rendido a su casa, una prolongada reunión  con sus compañeros no le permitieron llegar temprano, Elvira su mujer lo esperaba y ocultando su rostro junto al pecho le dijo: Tengo que decirte algo.
         Si respondió el mientras saboreaba el vino tinto con un plato de porotos. La mujer ruborizada prosiguió.
          Es que nuevamente.
         Nuevamente, qué   ¡Qué pasa!  No me vas a decir  que estas preñada. Balbuceo  el hombre con la boca llena de legumbres.
         La  mujer soltó el llanto moviendo la cabeza en forma afirmativa.
         Como si no supieras lo cara y difícil que está la vida, No podemos tener un chiquillo  que sabe  uno que sé yo  lo que pasará  mañana, irás  nuevamente donde la vieja que te atiende, terminó  diciendo el hombre encolerizado.
         Pero ya sería la quinta vez, le respondió la mujer y yo deseo tener un hijo, además  siempre me quedo tan sola,  cuando tu no estás.
         ¿Y con qué lo vamos a mantener?  ¿Acaso  no te das cuenta de nuestra situación?      
         El hombre guardó silencio y la humilde mujer en un ademán maternal se acarició  el vientre.
         Al día siguiente juvenal Salinas fue apresado y llevado a Piragua, pasaron años para que volviera, a su regreso buscó a su esposa sin lograr encontrarla, al sentirse solo decidió  cambiar su vida, trabajando en un puesto público aislado de todo movimiento revolucionario,  pasaban los días en una eterna soledad recordando a su esposa.
         Tomó  el expediente de jubilación encaminándose por la calle principal, ya  atardecía  y uno que otro transeúnte, se cruzaban de un lado a otro cuando una explosión lo sobresaltó,  sin pensar fue hasta el lugar para ver qué había  sucedido, de pronto recordó su lejano pasado y salió corriendo. Pero sus piernas ya no lo acompañaban como  en otros tiempos, la fuerte mano de un policía lo tomó  bruscamente.
         Yo iba  pasando y fui a mirar solamente dijo el hombre.
         No sabía cuánto tiempo llevaba de interrogatorio pero sabía  que eso de Piragua li iba a condenar  y ahora ese fiscal a quién  todos le temían.
         Se sentó  frente al Fiscal soportando el largo interrogatorio.
         Soy un hombre  tranquilo, decía con su voz queda,  seguía repitiendo he trabajado treinta años, ya no participo en política, eso  fue hace ya tanto tiempo,  ahora voy a jubilar, imploraba el humilde hombre, levantó su mirada y dijo: Señor Fiscal sólo quiero hacerle una pregunta.
         Las preguntas  las hago yo solamente, enfatizó el interrogador.
         Pero señor, yo sólo quiero preguntarle…
         ¡Silencio!
         Señor dígame.
         Es Usted un extremista po9r lo tanto es culpable.
         Pero Señor, yo sólo fui a mirar cuando la bomba  explotó, venía pasando y quiero preguntarle. . . .
         El sargento lo arrastró de un brazo.
         El hombre abatido dijo: yo sólo quería preguntarle por el nombre de su madre.
         ¿Y qué  tendrías que ver tú con La Sra. Elvira,  madre del Señor Fiscal?  Lo interpeló  el Sargento enérgicamente,  mientras lo arrastraba brutalmente. El  hombre repetía en silencio. Elvira ¿Dónde estás? Después de tantos años. ¿Dónde estás Elvira?

 ¡E l v i r a ¡

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