La Maestra de Mahuida
LA
MAESTRA DE MAHUIDA
El avión se perdió entre negras
nubes y pronto la lluvia lavó la sangre
de los que no pudieron partir.
Cuando llegué al aeropuerto, él ya iba subiendo las escalinatas del
avión, que lo llevaría al exilio, sólo
alcancé a verlo de espaldas. Hacía más
de un año que no lo veía. Esa última vez que estuvimos juntos había sido
el nueve y diez de septiembre del setenta y tres, esa fue nuestra despedida, sin saberlo, pero también los momentos más felices de mi
vida junto a él.
El día siguiente fue un caos, sin
imaginar lo que estaba pasando, me fui a la escuela a dictar mis clases como de
costumbre, mi curso, que era de treinta
alumnos, estaban preparando un dictado. En ese momento sentí ruidos que venían
del patio, no le di importancia, hasta cuando el Director entró a la sala, venía pálido, con voz grave me dijo:
Despache a los niños y después venga a
la oficina.
La gravedad del maestro no me
permitió pensar, sólo hice lo que me
ordenó, luego, me encaminé a la oficina.
Había militares por todas partes, cada uno, con su metralleta, mi corazón empezó a palpitar muy fuerte y mis piernas empezaron
a temblar.
¿Tania
Loyola? Preguntó el Teniente.
Sí. Respondió el Director.
Yo sentía que mi sangre corría por mis venas como un hielo, agolpándose en
las paredes que la oprimían, llegué a sentir
la palidez en mi rostro. Un militar se aproximó tomándome de los brazo. Me colocó unas esposas con las manos en la nuca. Luego me amarraron con un cordel haciéndome
salir del recinto. Observé algunos colegas con el rostro desencajado, pero
otros sonriente, me vieron partir, incluso una profesora la más vieja gritó. ¡Maten a la comunista! Bajé
la cabeza y no pude contener el llanto, mis lágrimas mojaron mi rostro,
incluso mi delantal de maestra, no podía limpiarme, hasta la nariz emanaba mucosidad a borbotones, los cuatro soldados detrás de mí, apuntándome con sus metralletas y el
quinto sujetando el cordel con el que me tenían amarrada, como un animal
arriándome por las calles. Me pasearon por todo el pueblo.
De las casas salía la gente a mirarme en silencio. Algunos con sus
rostros de dolor, pero otros aplaudían a los uniformados, la voz de un niño
gritó ¡Se llevan a la
Maestra! Luego su llanto. Los soldados se enorgullecían de lo que estaban haciendo, si no me
apuraba me daban con la metralleta,
después de haber caminado casi una hora, cansada y con un terrible dolor de
brazos, que tenía esposados sobre la nuca,
me permitieron bajarlos, pero siempre esposada, dando vueltas por todas
las calles del pequeño pueblo rural. No sé cuánto duró este calvario, pero para
mí fue una eternidad, agotada ya casi
sin fuerzas me subieron a un furgón junto a otros prisioneros.
El trayecto se nos hizo interminable desde el pequeño poblado, por el camino de tierra, más la abrupta
cuesta de curvas, subidas y bajadas de Quilacoyán, hasta que logramos
llegar a camino pavimentado entrando a
la ciudad, no podíamos ver nada ya que el furgón era totalmente cerrado, pero por los
golpeteos del vehículo sabíamos la
irregularidad del camino por donde nos habían traído.
Yo
me dije.
Camino de tierra, de sol y de llanto.
Llegamos hasta el Estadio Municipal, allí me dejaron junto a un centenar de personas que esperaban, se les
llamara, no sé cuánto duró la espera, ya casi de noche, un milico con un
listado en mano me llamó haciéndome avanzar al interior del estadio donde había
más o menos unas mil personas detenidas. Cansada caminé al lado del uniformado
como sonámbula. En un rincón un grupo de mujeres tenían paja amontonada donde
dormían. Gentilmente me ofrecieron el
provisorio dormitorio. Me recosté en la paja y empecé a recordar, recién la noche antes, siendo él un alto funcionario de gobierno, había venido
desde la capital Santiago de Chile
a solucionar algunos problemas a nuestra provincia. Y de paso se dirigió
al campo de propiedad de su familia en la cordillera, en las faldas de esta se
encontraba la escuela donde yo hacía clases,
“Escuela de Mahuida” decía el letrero que tenía a la entrada.
Alejandro Torrealba me había llamado por teléfono desde la
capital, nos juntamos en el camino y nos fuimos
al campo, fue una noche inolvidable,
mi cuerpo desnudo junto al suyo, sus besos en mi piel ardiente y mis
manos temblorosas tocando sus peludos
muslos, sentirlo una y tantas veces.
Nos despedimos por la tarde, él se
alejó en la limosina negra, eso fue el día diez
del noveno mes y ese día once,
yo estaba ahí tirada en un montón de paja
con las manos adoloridas por las amarras que me habían hecho, como
un animal me pasearon por todo el
pueblo, la voz de la anciana maestra más
antigua de la escuela aún la sentía en mis oídos “Maten a la comunista” Extraño, porque yo jamás
había sido comunista, estaba apoyando a la Unidad Popular como así mismo al Presidente electo Salvador
Allende. Pero que fuera comunista eso era imposible, me gustaba ayudar a los
más necesitados. Compartir con mis alumnos a quienes quería como si fueran
hijos míos.
A la semana me llamaron a la
portería, una colega había venido a verme trayéndome cigarrillos y unas
galletas, sentí una gran alegría al
verla, Sólo le pude hacer señas, no nos permitían hablar con nadie. En ese
momento llegó una profesora de
castellano, que conocía desde algunos años, me extrañó
verla allí. Entonces le
pregunté a una compañera que había
llegado la noche anterior. Viene a ver a
su marido, lo tomaron el mismo once, pero lo curioso es que él es
independiente, su único pecado es haber
apoyado al Presidente y como estaba
de médico Director del Hospital
de las minas de Lota Coronel, además
ayudaba a los mineros con remedios y consultas gratis, terminó de
decirme la señora que para nosotras era nueva allí, la mujer doña Elcira, se
quedó en un dejo de tristeza, luego continuó. El día once tomaron a todas las
autoridades designadas por el Presidente,
y entre todos a un familiar mío un minero, el minero Carrillo le decían, su mujer quedó
con siete hijos, unas monjas la están ayudando.
No pudo contener el llanto la tomé del
brazo la senté en unos ladrillos que habían en el suelo y fui por un vaso de
agua, para tranquilizarla, vinieron otras prisioneras para ayudarla en su
dolor, pero todas teníamos el mismo dolor, no sabíamos nada de nuestros seres
queridos. Después de un rato doña Elcira Carrillo se resignó.
Desde donde estábamos vimos que el doctor venía del otro lado del estadio donde estaban
todos los hombres, demacrado y sin afeitar.
El Gringo lo llamábamos con
cariño, por tener muchos pacientes y ser
un excelente médico, nos despedimos con una seña, de mi amiga la profesora, esposa del médico
que yo había conocido en la Universidad, pero a su esposo no había tenido la
dicha de conocerlo. Regresamos a la troja de paja donde dormíamos, me dio mucha pena darme cuenta que Graciela la
esposa del Gringo, estaba embarazada por
lo menos de unos cuantos meses, fuera de los seis hijos que ya tenía.
SOLO PODÍA PENSAR
Me recosté en la paja y me dispuse a pensar, sólo podía pensar, eso no me lo podían prohibir, recordé cuando conocí a Alejandro, yo venía saliendo de la Escuela al medio día y un jeep
casi me atropella, con mucha rabia le grité ¡fíjate más estúpido! El frenó, se
sonrió perdón dijo, siguiendo su marcha
dejando una cortina de polvo. Al día siguiente vengo saliendo de la escuela
a la misma hora y nuevamente se atraviesa el jeep pero ahora venía despacio, me saludó, yo
atravesé la calle de tierra y me encaminé a la oficina de correos, la funcionaria que era amiga
mía me entregó la correspondencia, le
agradecí, firmé el libro de registro de
entrega y me di vuelta para salir, pero
al darme vuelta por la cara me di cuenta que era el joven del jeep, alto
muy alto, sonriente, me preguntó.
¿Mucha correspondencia?
No le respondí, sólo una carta de
mis padres, luego dijo:
Si gusta me espera y nos vamos
juntos.
Retiró sus cartas de un buzón que
le tenían destinado a la familia y empezó a caminar a mi lado por la calle de
tierra, llegamos hasta el retén que quedaba en una esquina, se presentó. Estudio ingeniería manifestó. Me contó de su campo y sus bellezas cordilleranas, nos
despedimos sin mayores acontecimientos,
pero al día siguiente nuevamente a la salida de clases él
estaba allí. Me invitó a subir al jeep
y emprendimos la marcha al interior de la cordillera, entre
árboles autóctonos y riscos cortados a pique, hasta llegar a un remanso
del río que nacía en lo más alto de la
cordillera y bajaba a toda velocidad,
pero caprichosamente formaba
algunos manantiales con abundantes peces especialmente salmones, no me dijo
nada especial pero me tomó la mano,
así nuestra amistad fue creciendo poco a
poco.
Ahora yo estaba ahí prisionera en el estadio, ¿Y qué sería de él? ¿Cómo
poder saber algo? Allí no llegaban noticias, decían que habían habido muchas bajas, sólo de
pensarlo me atormentaba, Si aún no me reponía por la muerte de nuestro
presidente en la Moneda, y el incendio en esta,
la casa de Gobierno por tantos años.
Había sido bombardeada, me dolía todo mi cuerpo, tanto por dormir mal,
como por lo que estábamos viviendo, sin saber que sería de nosotros, los que
estábamos allí prisioneros, parece que hasta el aire que respirábamos era
nauseabundo.
A medida
que el tiempo fue pasando fui perdiendo los colores, poniéndome muy demacrada, luego empecé a
enfermar, me desmayaba con
frecuencia y tenía vómitos, no
resistía nada en mi estómago, La
prisionera doña Elcira que era
funcionaria del Hospital, se río y dijo: Parece que tienes un tumor con patas. No dije nada, ni siquiera me detuve a pensar, en lo
que ella manifestó, recordé la llegada
de esta funcionaria del servicio de la salud Público, fue una semana después
que llegué yo y fue realmente sorprendente, venía prácticamente peleando con una joven dama, muy elegante, traía finas joyas, su vestimenta
era de buena tela, una excelente manicure,
también la tiraron sobre la paja junto con la pobre vieja, la joven
estaba muy molesta porque la habían
traído con varias personas que no eran del mismo nivel socioeconómico de
ella. Muy altanera les dijo que sólo era una equivocación y que ella saldría muy pronto de allí. Porque era nada menos que la novia del hijo
del Intendente. Por lo tanto no estaría mucho tiempo ya verían cuando el Señor
Intendente supiera que ella estaba
allí. Miraba con desprecio, a la
anciana, -
Y usted
¡Que se ríe! Vieja ignorante. Soy
una persona preparada, manifestó. Y como le digo, la novia del hijo del
Intendente, enfatizó.
La gran mayoría la miraron en silencio, mirándose unas con
otras. Su vestuario era elegante y aún
tenía algunas joyas de oro, a cada rato pedía hablar con el Mayor, o el
Capitán, o con el Teniente, alegando
siempre ser la novia del hijo del Intendente, hasta que la cambiaron del lugar, llevándola al segundo
piso con otro grupo de mujeres. No supe que sería de ella, pero una próxima
prisionera que llegó poco tiempo
después, contó muy consternada que el hijo del Intendente había sido muerto, como también su padre el mismo
Intendente. Esa tarde empecé a sentirme
muy mal, mareada, sin fuerzas , con nauseas un decaimiento insoportable,
entonces alguien le dijo a la celadora que nos cuidaba, fuera por el
médico que estaba en el sector de
los hombres, no demoró en volver con el Gringo el esposo de mi amiga la profesora
de Química
Me examinó minuciosamente, luego una sonrisa, no olvides que yo soy
médico cirujano, pero no es un misterio
para darse cuenta que estas esperando un hijo.
No sé qué sentí en ese momento ¡un hijo!
Me dije: así en estas condiciones,
sin ninguna esperanza, sin saber lo que
me iba a pasar a mí y sin saber nada de
Alejandro, mi Jano como solía yo decirle, incluso sabía que el peligraba mucho
más que yo. Después de recuperarme un poco por la noticia, me presenté al
gringo haciéndole saber que era amiga de su esposa y habíamos sido compañeras
en la Universidad. Se despidió de las que estábamos ahí con una amable sonrisa,
alejándose lentamente entre los presos, que iban de un lado a otro, pero antes
nos aconsejó que tuviéramos paciencia, he hiciéramos ejercicio por las mañanas,
y que debíamos cuidar de nuestra salud.
ALGUNOS MESES DESPUES.
Mi barriga ya había crecido bastante, esa tarde estaba
en el patio cerca de la reja de entrada, vi que el Doctor Carlos Hans (el
Gringo) caminaba muy apresurado hacia la
reja, traté de observar y vi que desde
la calle mi amiga, la esposa del Doctor tenía
en sus brazos muy alto a su pequeño bebé, ella se notaba una mujer aún
parturienta, desde lejos le mostró, tras
las rejas su hijo, a su esposo, que se encontraba prisionero, desde lejos entre
varios detenidos cerca de la entrada, pude observar que al Gringo le rodaron
las lágrimas, sentí mucha pena por la situación en que nos
encontrábamos, pero en pocos meses más yo tendría mi hijo y no tendría a quién
mostrárselo.
Las mujeres se paseaban de un lado a
otro siempre fumando, Graciela me dejó
con los guardias unas galletas, una cajetilla de cigarros que regalé a mis compañeras del grupo. Al Doctor le entregaron otro paquete, Graciela me hizo
señas del otro lado de la reja, no
cesaba de mostrar al pequeño a su esposo, no pude contener las lágrimas, este
gesto me impresionó, más aun pensando en
mi hijo que no tendría a quién
mostrárselo, por lo menos ella
había tenido su hijo en una clínica, yo
tendría que parir como un animal entre la paja, que cada día estaba más hedionda, regresé a mi rincón
me era muy grato recordar, sólo
recordar, todos los mejores momentos, que había
pasado con Jano, días de la campaña con el Presidente electo y que ahora
estaba muerto. Y todos los que estuvimos con él
detenidos.
CAMPAÑA, POLÍTICA Y PASIÓN
Como olvidar, esos días de la campaña, cuando en una comida,
que compartimos los adherente. Su esposa, la Tenchi, bailó cueca con los
campesinos, el candidato sentado a la cabecera de la mesa, dio su discurso con
esa gran personalidad, elegancia, y sus ideales para el pueblo con el pueblo,
con nosotros los trabajadores.
Tirada
en la paja hedionda, sólo podía recordar tantas cosas que había pasado junto a mi amado, cuando nos bañábamos
en noches de luna llena, junto a la
cascada en un caluroso verano, nos sumergíamos en las heladas aguas
que bajaban de la cordillera, escuchando el continuo cántico de la enorme caída
de cristales en forma de cascada, testigo mudo de nuestra pasión, nadando como
peses libres envolviéndonos en nuestros propios cuerpos como un solo cuerpo,
dando origen a una sola sombra en esas noches imborrables sintiendo el ruido
del viento en la copa de los árboles, el canto de un búho lejano,
ruido de algún conejo o liebre o zorro o un pudú que se arrastraba entre
los matorrales y ese platillo redondo en el firmamento, como un lente
fotográfico reflejándose en nuestros cuerpos, abrigando nuestra pasión para
hacerla más fuerte, más intensa, besándome sobre la hierba
húmeda, su cuerpo sobre mi cuerpo, retorciéndonos, sedientos, el uno del otro,
un quejido de placer, un respiro agitado, ¡hay amor! ¡Tanto amarte! Y hoy aquí en esta paja hedionda, prisionera
entre prisioneras. Toco mi vientre abultado acariciando tu esperma, convertido
en criatura, con mi ovocito dentro de mi útero, que pronto saldrá de mis entrañas, luchando por su
libertad dando el primer grito de vida, después del grito de dolor de parto de
su madre, que tendré que parir en este rincón miserable, mi hijo dará su
primer grito a la vida prisionero junto a mí.
No me cansaba de acariciar mi barriga y
pensar en Jano la incertidumbre me agobiaba, ¿Que sería de él? ¿Cómo podría
informarme? Sin poder hacer preguntas, las noticias las traían los que venían llegando
pero a veces venían sin deseos de hablar con nadie, sólo lloraban.
FUSILAMIENTO
Esa tarde todas empezaron a correr en
dirección al patio de los hombres, yo también fui a la novedad, vi con sorpresa
un pelotón de soldados con sus metralletas que estaban en fila apuntando hacia
una pared del estadio, en ese momento no
supe que pensar, luego me acerqué más y
junto al muro habían aproximadamente diez hombres, de espaldas a la pared, de frente hacia los
uniformados, un sargento gritó fuerte, ¡disparen! Levantaron las metralletas presionaron el
gatillo, y en ese momento perdí el conocimiento, sólo vi los rostros de los
hombres junto a la pared y la cara de las mujeres que estaban a mi lado,
algunas empezaron a gritar.
Cuando volví en
sí, estaba en mi paja tapada con una frazada, que otra prisionera me había prestado, sentía un terrible dolor a la barriga, no quería
preguntar por lo sucedido, tres mujeres
estaban conmigo, una me trajo un vaso de agua, me acariciaba el cabello,
tranquila, me dijo. Que no pasó nada ¿cómo que no pasó nada? Le pregunté.
-Sí.
Las balas eran de salva y cuando les dispararon todos cayeron al suelo,
para que te digo el griterío y llanto de
todas nosotras, luego los ametrallados se empezaron a levantar uno a uno, mirándose
los cuerpos como buscando la herida de bala en sus ropas, los milicos se morían
de la risa, y nosotras llorábamos.
Las tres mujeres que me acompañaban aún tenían
sus ojos llenos de lágrimas.
Después de este desmayo me tomó un
sueño profundo, en el que sin darme cuenta empecé a soñar y soñé, en esa misma cascada, en que estuvimos tantas
veces, la luna alumbraba como si fuera de día y el agua cantaba al viento y mi amado venía en
un caballo blanco percherón, corría a todo galope, desnudo sobre la bestia, se
detuvo a mi lado, tomándome en sus brazos, subí
al anca y empezamos a correr por caminos de tierra, entre mañíos y
avellanos, sentí su cuerpo tibio junto al mío y él como un quijote en
dirección hacia los molinos de viento
con sus brazos en alto, sujeto de las riendas respirando fuete, corríamos sin
dirección, sin destino, llegamos junto a un remanso para bajarnos, pero
nuevamente nos subimos al blanco potro, ahora yo adelante y el tras de mí, así corrimos
sobre esta blanca bestia, uno junto al otro, sintiendo nuestros cuerpos tan
cerca.
Soñar para despertar empapada en
transpiración, nuevamente me quedé
pensando, siempre pensando, lo único que tenía eran mis recuerdos, eso
jamás me lo podrían quitar. Todo estaba
en mí, tan nítido, como si sólo hubiera ocurrido el día anterior, cuando fuimos
al valle hermoso, nos bañamos en un
remanso y luego pescamos salmones, como no teníamos caña, nos conseguimos unos
cartuchos de dinamita, la lanzamos al
agua encendida, sí saltaron varios peces muertos, los preparamos ahí mismo, fue una hazaña infantil pero lo
hicimos, ahora nosotros estábamos igual que los peces, sentí pena por haber
hecho eso, como cuando un día casi nos fuimos risco abajo en el jeep, venía yo
al volante, sin saber manejar, pero él
lo tomo rápidamente, también compartimos con algunos campesinos en un
asado, esa vez bailamos cueca, y ni él ni yo sabíamos nuestro baile nacional,
pero igual bailamos. En una oportunidad
caminando por la montaña encontramos un pudú que cuidamos, pero muy pronto se
nos murió lo lamentamos, nada pudimos hacer.
DETIENEN A EX PARLAMENTARIO
Doña Elcira venía muy preocupada desde
el patio.
¿Qué pasó? le
pregunté. No podía hablar de la emoción, luego comentó.
Estuve hablando con el Doctor El Gringo. (Ya
que no era el único médico que estaba allí,
había varios más,) Acaba de llegar un amigo suyo Don Manuel Valdés y que fue Diputado desde el tiempo del
Presidente Don Carlos Ibáñez del Campo,
incluso hay poblaciones que llevan su nombre, ahora ya no es muy joven, el
tiempo no ha pasado en vano, fueron a buscarlo a su mismo departamento en el
centro de Concepción, y cuatro militares apuntándolo con metralletas, lo
sacaron de su morada, el pobre ya viejo resbaló y rodó por las escalas, además
su salud está muy delicada. También me dijo que hoy mismo se llevaron al
comunista, ese dirigente político que es de Mahuida, tú tienes que conocerlo de
apellido Monsalve también fue Valdesista y Allendista. Le decían el comunista.
-Sí claro que lo conozco, antes
trabajaba en las campañas políticas por Valdés, y también trabajó mucho por Allende.
Hoy se lo llevaron al hospital grave,
parece que se les pasó la mano, a estos milicos, se ensañaron con él. Todo
porque era comunista,
Doña Elcira bajó la cabeza, sacó un
cigarrillo se sentó en un rincón a llorar, ya no lloraba por ella parece que
prefería llorar por los demás.
Aún no nos recuperábamos cuando
llegó una compañera con otra noticia. ¡Murió el poeta!, El poeta. Repetía,
todas la mirábamos, esperando nos dijera quién había muerto, el Premio Nobel,
nuestro premio Nobel de literatura, PABLO NERUDA. Ya hacen dos días que
falleció o sea el 23 de septiembre de este año.
¿Cómo falleció?
Fue llevado de urgencia por un problema
de próstata a la Clínica Santa María, y allí falleció.
Aun no me podía recuperar de la amarga noticia de la muerte de nuestro
premio Nobel de literatura.
Cuando entraron tres compañeras
llorando desesperadas, a gritos, una se tomaba el vientre casi tocaba el
suelo con la cabeza inclinándose y luego miraba hacia el cielo gritaba, se
tiraba el pelo, doña Elcira, se recostó
en un rincón muda, sus ojos llenos de lágrimas, después de algunos
segundos, exclamó. ¡No puedo llorar!
Con sus manos en el corazón miraba al
vacío, con su vista perdida. Yo desesperada sin saber que había pasado les
dije. ¿Por favor díganme que sucedió? Entre sollozos una de ellas me respondió.
Hoy muy temprano se llevaron a Carrillo el minero, a un recinto frente a
las Lomas de San Andrés de propiedad de
carabineros, allí lo van a fusilar, se lo llevaron a él con otros dos más.
Nos quedamos todas en silencio, el día
estaba nublado, más bien oscuro, o nosotras lo veíamos negro, no sé por qué
pensé en Jesús clavado en la cruz, me pareció que no estaba viviendo en mi
época, ni en mi País, sentí mi mente loca, como si el cerebro se me iba a
escapar del cráneo que lo resguardaba,
todos estos terribles acontecimientos se venían uno tras otro.
¿Qué pasaría al día siguiente? No,
ya no quería pensar, sentía un peso en mis hombros, como poder resistir a
tantas atrocidades, alguien me dio unas
píldoras de calmantes, me sentía muy mal, ¿podría seguir resistiendo?
GRITOS DE DOLOR
Esa noche me costó mucho conciliar el sueño, ya que del segundo piso se sentían gritos de
dolor y lamentos aterradores, las cinco mujeres que generalmente
permanecíamos juntas nos mirábamos
aterradas, en silencio escuchando los gritos de dolor, de mujeres que con toda seguridad estaban
siendo torturadas, no habíamos podido dormir. Cuando cuatro militares entraron
y dijeron usted, apuntando a una de las
mujeres más jóvenes del centenar que
había allí y así usted
y usted, hasta sacar a unas diez jóvenes, las hicieron salir una tras
otra, eran más o menos las tres de la mañana. Al venir el día aproximadamente entre las cinco y seis de la
mañana, regresaron, les preguntamos para
que las habrían sacado, estas dijeron
que las habían llevado a correr, no dijeron nada más, tampoco se podía decir nada,
porque nadie era de confianza, nadie
sabía quién era quién.
MUERTE INESPERADA
Con el pelo revuelto unos jeans sucios
venían dos jóvenes con dos militares que las traían apuntando con metralletas,
las dejaron ahí, nos acercamos a ellas, para ofrecerles un café, pan casi no
teníamos cuidábamos mucho el café y la azúcar como también los cigarrillos las
que fumaban, estos eran los alimentos más importantes. Las muchachas con los
ojos llorosos, nos contaron, que uno de los hermanos Torrealba, se había ahorcado
y lógicamente había fallecido, todo el país lo lamentaba, en ese momento grite
muy fuerte.
-¿Pero qué te pasa? -Me preguntó una
compañera, no dije nada, no había dicho quién era el padre de mi hijo,
seguramente fue él que no resistió, una de las muchachas siguió diciendo estaba
muy enfermo y falleció en el hospital.
-No puede ser Alejandro, debe haber
sido su hermano, mi corazón estaba apretado, ya no podía más, tendría fuerzas
para seguir soportando tanta desgracia, salíamos afuera y sólo veíamos
militares con sus metralletas, era desesperante, ese terror sentirnos
amenazadas a cada instante con armas por todos lados, ver uniformados dando
órdenes. ¡Qué tormento!
Las muchachas contaron que eran
estudiantes de sociología, y la otra de Periodismo carreras que fueron
suspendidas inmediatamente, y que en la misma Universidad las habían detenido y
luego las habían llevado a la Isla Quiriquina, se quedaron en un rincón con una
frazada que traían y tiritaban por completo, con su mirada totalmente
extraviada, una repetía. “Nos van a matar” Era lo único que decía. Ahí vienen,
¡nos van a matar! Repetía esto, la otra hacía lo que podía para que recobrara
el juicio, pero seguía siempre repitiendo lo mismo,
ENCUENTRO CON EL MAYOR
El mayor pasó a
mi lado, me miró sorprendido, no me atreví
a saludarle menos dirigirle la palabra, sólo lo miré y bajé la cabeza,
caminé desde el césped hasta el rincón
donde dormíamos, no me extrañó ver al
Mayor Lara en el recinto dando órdenes a un teniente.
No me había olvidado que cuando hice la práctica de
maestra en un Colegio privado yo había
sido la profesora de sus niños en el quinto básico, teníamos muy buenas relaciones con el Mayor y su
esposa y en que difícil circunstancias me encontraba ahora, tanto es
así que ni él ni yo nos dirigimos la
palabra, por nuestra parte los prisioneros no podíamos dirigirnos así como
así a un uniformado, sólo bajábamos la
cabeza cuando pasábamos frente a ellos, era lo mejor, caso contrario los
castigos eran terribles, pero no habían pasado ni diez minutos un sargento me
llamó.
¿Está la maestra?
Preguntó; siempre con su metralleta en la
mano, tirité por completo, mis compañeras le indicaron donde estaba,
amamantando a mi hijo que ya había nacido, en condiciones deplorables, de eso
ya hacían quince días, aún me encontraba
débil con el difícil parto sin
mayores atenciones.
El sargento me hizo caminar hasta las oficinas de los
oficiales siguiéndome con la metralleta apuntando hacia mí. El trayecto se me hizo interminable, preguntándome adonde me llevarían o seguramente me
separarían de mi hijo como le había pasado a otras mujeres en las mismas
condiciones mías, o me llevarían a la isla Quiriquina, adonde llevaron a muchos
prisioneros.
Cuando llegué a la oficina, el mayor Lara estaba sentado en una silla con un alto
respaldo y un escritorio lleno de documentos, muy parco me preguntó.
¿Por qué está aquí? Me trajeron el mismo once de septiembre,
Mayor. Le respondí. Rompí en llanto, no sabía que decir.
-Pero, ¿estás en algún partido?
-No mayor,- Bajé la cabeza y le dije que estaba saliendo con Alejandro
Torrealba.
-Pero que relación entre una Maestra y este alto ejecutivo del
Gobierno cuando el pasa más en la
Capital, y usted. ¿Dónde estaba
trabajando?
-En la escuela rural de Mahuida Mayor
-Los Torrealba tienen fundo en esa
localidad.
- Ahí
nos conocimos- El mayor movió la cabeza, luego se sonrió. Con su actitud
ya más amable me atreví a preguntarle, ¿Adónde los llevaron? Se quedó pensando
un rato luego respondió.
-A una isla muy al sur de Chile junto
con su hermano y otros altos ejecutivos.
No dijo nada más, yo tampoco me
atrevía a decir algo,
Luego él preguntó. ¿Cuánto tiempo
llevas aquí?
Varios meses mayor. Llamó al teniente
para pedirle mi expediente, este volvió al instante con unos papeles, el mayor
los leyó luego me dijo.
Es usted. Mamá o sea madre soltera, Un
mal ejemplo para sus alumnos. Se tomó la barbilla y se quedó pensando luego me
preguntó.
¿Tiene donde dejar su guagua, para regresarla a la
escuela?
-No mayor no tengo donde dejarla y no
deseo separarme de ella es lo único que me queda, mi familia está en el norte y
no quiero que sepan en la situación que me encuentro, considerando que mi
familia unos tíos no eran partidarios
del régimen anterior.-
-Tus tíos tenían razón, estábamos
viviendo en una anarquía sin remedio.-
-Pero puedes volver a tu Escuela, Claro que con el niño no es
nada de recomendable, sabes muy bien eso sería
un pésimo ejemplo.
El mayor movió la cabeza, ¿Tienes dónde
ir?
-El Ministerio me pidió la renuncia, y no tengo donde ir. Ni
trabajo, ni nada, le respondí llorando.
¡Y con un hijo!
El trato del mayor era fuerte y
prepotente toda esa amabilidad que había
tenido conmigo cuando le hacía
clases a sus hijos ya no existía,
pero pese a todo me dio la impresión que sólo quería ayudarme, una hora estuve
en la oficina del Mayor.
Bueno dijo. Veremos que hacemos, ese
haremos lo sentí un tanto extraño, me fui a mi rincón de paja inmunda, las
cinco mujeres que convivían más cerca de
mí ya que todo el grupo era como de cien mujeres en el mismo lugar, me
preguntaron.
-¿Para qué te llamaron? –
Mi niño
estaba llorando desesperado porque no lo había amamantado lo suficiente. ¡Para nada! Les
respondí, no quise hacer el comentario
que yo había sido la maestra de
los niños del mayor cuando hice la práctica, cuando salí
de la Universidad.
Diputado Comunista
La tarde estaba fría y el cielo muy oscuro, dos prisioneras entraron al
refugio pálidas atormentadas, ¿qué pasó preguntó una de las que me estaba
acompañando junto a mi niño, la mujer respondió. -Acaban de traer a un sacerdote, estudiante de sociología y dos jóvenes del MIR, por ellos se supo que un Diputado comunista
logró evadir a las fuerzas armadas y pudo arrancar refugiándose en una
embajada, dicen que viajó a la capital Santiago de Chile en un tren, en el
último coche, vestido de mujer, por milagro no lo descubrieron, porque
controlan todo los trenes y también los buses, lo detienen luego suben los
milicos con sus metralletas y piden los documentos. Es bueno que se haya
salvado, siendo comunista le habría ido muy mal con estos dictadores. Terminó
diciendo la mujer, las dos estudiantes se interesaron al saber que dos
compañeros de la universidad también estaban allí.
LIBERTAD SORPRESIVA
Esa mañana, a las diez llego una ambulancia que
entró hasta el mismo patio, un enfermero
con papeles en la mano empezó a llamar a alguien. Al Ex Diputado Valdés por su
nombre para ellos ya no era Diputado, luego extrañada escuché mi propio nombre,
no podía ser, un sargento acompañaba al enfermero, las mujeres que estaban allí me miraron
sorprendidas , el sargento me ordenó
subir pero yo corrí a buscar a mi niño y
las pocas cosas que tenía, no pude despedirme de mis compañeras de prisión,
tomé algunas pertenencias y caminé hacia la ambulancia, con mi cabeza amarrada
como toda parturienta, un vestido suelto por todo lo que había adelgazado y sucio por no tener los
medios para asearnos, me senté apretando a mi hijo contra mi pecho, besé su
carita dormida, el Diputado iba en el asiento al lado mío se veía muy mal,
apenas caminaba, y su rostro muy demacrado.
¡Hay
mi Dios! me dije. ¿A dónde iremos? Por lo menos ya no estoy sola, te tengo a ti hijo
mío, pero mi pequeño no me podía decir nada porque el nada sabía de todo lo que estaba pasando, el enfermero
cerró la puerta y el vehículo emprendió
la marcha.
Nos detuvimos en pleno centro de la
ciudad de Concepción para ser más exacta en la calle Barros Arana a la altura
del trescientos. Se abrió la puerta de la ambulancia, el enfermero estaba ahí,
junto a él Doctor Astete, saludó al Ex Diputado Don Manuel Valdes, él se alegró
al verlo, levantó la cabeza y con una sonrisa saludó al médico, ¡mi amigo! Le
dijo emocionado, Bueno aquí te dejo en
tu casa, tu familia debe estar esperándote, se abrazaron y caminó lentamente en dirección al edificio,
el médico subió en la cabina de la
ambulancia y el enfermero cerró la puerta, quedando yo sola con mi hijo, que
incógnita, mejor era no pensar.
Nuevamente se detuvo la ambulancia
frente a un Edificio el enfermero abrió la puerta, ayudándome a bajar sin decir
nada. Me quedé esperando que me dijera algo, con mi guagua en brazos, y un
bolso. En ese momento bajó el médico Doctor Astete, (un político muy conocido
de La Democracia Cristiana) de la cabina del vehículo. Con un aire distinguido
me dijo. -Esta es una pensión puede
quedarse tres meses, es lo único que
pudimos hacer, yo lo reconocí al
instante, sabía que era muy amigo del mayor Lara, todo esto me sorprendió.
Luego me indicó la entrada, presionó el
timbre y me dejó allí. Al instante salió una señora de edad a recibirme.
-¿Es usted la señora Tania Loyola? - Sí, le respondí. Me ayudó con el bolso,
haciéndome pasar directamente a la que
sería mi pieza.
Estaba muy sorprendida de estar libre,
no podía creerlo, haber dejado el estadio después de tanto tiempo recluida allí
con tantos detenidos, muchos eran llevados no sé a dónde, pero yo estaba allí por un milagro, gracias a
unos niños de quién fui maestra, nuevamente podría caminar por las calles, libre, como el viento, como
ese aire que respiraba, y ya no sería la fetidez nauseunda. Dormir en una cama cómoda con sábanas y ropa
limpia, lo primero que hice fue acomodar a mi bebé y luego bañarme, me sentía en el paraíso, pero estaba
preocupada por mis compañeras que habían quedado allí en el estadio, trataría de comunicarme con ellas de alguna
manera.
BUSCANDO TRABAJO Y UN ENCUENTRO
Esa noche dormí, sólo dormí, al
día siguiente tendría tiempo para pensar que iba a hacer en el
futuro, ya no contaba con mi trabajo me habían despedido, o como se dice me
dieron el sobre azul y por ello me
dieron seis meses de sueldo los que iría
a cobrar. Con ese dinero tendría para vivir algún tiempo.
Los primeros quince días pasé buscando
trabajo en algún colegio particular, pero todo fue en vano.
Esa mañana me
levanté optimista con la esperanza de seguir buscando y encontrar
un colegio que me contratara como maestra y así organizar mi vida, junto
a mi hijo.
Recién había salido del baño,
cuando la empleada me avisó, tenía un
llamado telefónico, fue muy extraño para
mí que alguien me llamara, atendí la llamada, y una voz de hombre me respondió
diciéndome. “Mañana a las ocho horas A.
M. Del Aeropuerto Internacional sale
al exilio Alejandro Torrealba”
Diciéndome esto cortó. Yo me quedé helada, no supe que decir ni que
hacer, mi amado, al fin sabía de él, iba a poder verlo. Entonces corrí para arreglar mis cosas y viajar a la
capital Santiago de Chile, llevaría a mi hijo y él tendría la oportunidad de conocerlo, le daría esa gran sorpresa, un hijo nuestro,
fruto de nuestro amor, estaba feliz.
Durante todo el día corrí de un lado a
otro organizando mi viaje, no fue posible apurarme lo suficiente para haber viajado antes, sólo pude hacerlo
en uno de los últimos buses. Llegué al terminal
con mi hijo en brazos ya que por su corta edad no había otra forma de cargarlo, más el bolso con pañales y lo necesario para el
viaje, conseguí un pasaje de ida y vuelta, el trayecto sería de ocho horas,
alcanzaría a llegar antes de las ocho
horas para ver a mi amado, no sé cómo sería ese encuentro, seguramente iba a conocer a su familia que
con toda seguridad estarían ahí
despidiéndolo, pensando mil cosas me instalé
en el asiento del bus, la calefacción estaba muy alta y mi niño estaba
sofocado, desabrigándolo un poco logré
calmarlo tratando de dormir para llegar bien al encuentro,
Al llegar la mañana sentí que estábamos
detenidos, le pregunté al acomodador que
pasaba, estamos cambiando una rueda, porque pinchamos, me respondió. Sentí ruido de fierros y el chofer más el asistente subían y bajaban, yo estaba
intranquila ese tiempo perdido cambiando la rueda podría perjudicarme, después
de un largo rato logramos partir, el
resto de los pasajeros también estaban
incómodos y así fue que llegué al
aeropuerto atrasada sólo logré verlo de espaldas cuando iba subiendo al avión
que lo llevaría al exilio.
Con mi hijo en brazos me senté en un banco y lloré de impotencia, después de haber estado casi el año prisionera, corrí a ver a
mi amado y no lo pude ver, no pude decirle que teníamos un hijo, sin saber
adónde se iría, son tantos los países. No conocía a su familia, allí había
tanta gente y tantos militares, personas
al igual que yo tristes, algunos llorando, luego vino la lluvia, una
lluvia que parecía tormenta, es como si el destino me ayudara a
llorar, el cielo también lloró junto conmigo.
Tomé
un taxi hasta el terminal de buses
y regresé a los quinientos
kilómetros que me separaban de la capital, no
sé cuánto lloré en el viaje, lloré con el alma, parecía que me
arrancaban el corazón. Con suerte
llegamos antes del toque de queda, caso contrario habría tenido que pernoctar
en el mismo terminal con mi pequeño hijo, habría sido lamentable. Pasé una
semana hundida en esta terrible pena. El se había ido, sólo de pensarlo, volvía a llorar,
contemplando a mi hijo, no lo podía concebir.
NOTICIA NEFASTA
Estaba tomando desayuno mi niño ya lo
tenía cambiado de pañales y amamantado, cuando la radio dio una noticia que me impactó, me quebré, no
podía ser, en vez de recibir una noticia
que nos fuera sacando de este caos parece que cada día nos hundíamos más, venían noticias peores, la noticia la repetían
“Mayor Lara, muerto accidentalmente, por furgón de carabineros” No podía
conformarme, no podía ser, pensé en sus
hijos, aún niños, yo había sido su
Maestra, él me había sacado del estadio, la noticia no se difundió mayormente,
no fui a sus funerales pero si fui a verlo pasar cuando lo sacaron de la
iglesia estaba segura que el mayor me dio el aviso del exilio de Jano nadie más
que él. También supe que como me sacó a mí del estadio con el Ex Diputado Don
Manuel Valdés había sacado a muchas personas que injustamente habían sido
llevadas al estadio como también a
algunas comisarías.
La señora de la pensión me contó que el
mayor iba con el doctor Astete de noche. Después del toque de queda, un furgón le ordenó detenerse, como no se
detuvo le dispararon, matándolo al instante el doctor se salvó porque se agachó
en su asiento.
Este hecho fue realmente lamentable.
Sus tres hijos, habían sido mis
alumnos.
Miré su funeral desde lejos, divisé a
su esposa y a los niños, nuevamente lloré y lloré, no sé hasta cuando tendría
que llorar. Concurrió mucha gente a su
despedida, una señora que también estaba mirando el cortejo, movía la
cabeza diciendo “De todo hay en la viña del Señor” y lloraba repitiendo el ayudó
a mi hijo que pudo irse al extranjero. Y a mí me mando un jeep, con un militar
hasta mi casa para devolver un revolver que yo no tenía inscrito, sino quizás
que me habría pasado con un arma y un hijo Mirista.
FALSA HISTORIA
Habían pasado tantos años, lo difícil
de la vida me había marcado bastante, pero nunca perdí las esperanzas de volver a encontrarme con mi
amado. Una de las razones era porque en una oportunidad me prometió que aunque
estuviéramos bien viejitos siempre estaríamos juntos y más que nada presentarle a nuestro hijo aunque a
Alejandro Andrés como yo le había puesto nunca le conté nada, la historia para mi hijo fue diferente.
Siempre me preguntaba por su papá
entonces tuve que inventar una historia falsa, yo sabía, que no era bueno
mentir, pero en mi caso lo encontré
justificable, desde pequeño cuando estaba comiendo sus postres yo le
hablaba de su padre de lo mucho que nos amábamos, el me escuchaba extasiado, tenía una bella imagen, de ese hombre que
jamás tuvo la dicha de conocer, siempre
insistía.
Cuéntame más, cuéntame de nuevo mamá cuando lo conociste, cuando fueron a valle
hermoso, ¿cómo es la cordillera? ¿Cae mucha nieve en invierno? Debe ser hermoso vivir en la cordillera.
Decía en un suspiro nostálgico, algún día lo
llevaría a conocer los hermosos parajes de nuestra cordillera.
-Cuéntame mama, de esa vez cuando no volvió más.
-Y yo me había aprendido de memoria el
cuento, y empezaba de nuevo a contárselo.
“Esa tarde él se despidió de mí frente
a la escuela. Como estábamos viviendo tiempos difíciles y había toque de queda él se fue en la moto, andaba en una
moto bien grande, enorme y metía mucho ruido”
Mi hijo me interrumpía y me
decía.
¿Cómo se despidieron?
-¡Con un beso!
¡Con un beso
repetía! Se reía maliciosamente, luego seguía comiendo su sopa o su postre
nuevamente me decía.
¿Y después?,
se quedaba muy triste y volvía a preguntar y después mamá, ya sabía todo el cuento pero siempre insistía
que se lo contara de nuevo.
-Bueno
se fue en la moto dejando en el aire ese enorme ruido que hacen las
motos, más una tremenda polvareda, y
después de eso no lo vi nunca más, nunca supe nada de él.
Sólo esa vez lo vi cómo se alejaba por el camino de
tierra hasta cuando se perdió en la lejanía, era como un puntito que se iba perdiendo entre los árboles en
medio del camino.
Muy triste la partida de mi padre, decía
quedándose en silencio. Eso sólo era un cuento, un cuento para mi niño. Que
tuve que inventar.
- Cuando yo sea grande lo voy a buscar,
debe estar por ahí mamá. El volverá. ¡Tendrá que volver!
EXILIADOS DE REGRESO
El tiempo pasa casi sin darnos cuenta y nos va dejando sus
huellas ya sea para bien o para mal, toda esta pesadilla estaba llegando a su fin, mi hijo tenía quince años está cursando su último año de
educación media, con sueños e ingresar a la Universidad. El destino me había premiado dándome un hijo
estudioso, inteligente responsable y de buen corazón.
Las noticias daban listas de los
exiliados que estaban regresando, y los ciudadanos nos preparábamos para el gran plebiscito, en todas las listas
no había aparecido mi Jano, pero yo sabía que el regresaría, cuando llegara ese día sería la primera en
irlo a esperar, mandaría todo al limbo, y así fue, ese día llegó. La noticia
fue clara Alejandro Torrealba y otros formaban parte de los exiliados que
llegarían al país esto sería el miércoles quince a las ocho de la mañana en LAN Chile
Aeropuerto Internacional Merino Benítez,
¡Que alegría tan grande!, corrí
de un lado a otro nuevamente después de tantos años preparando mis cosas
pidiendo permiso en mi trabajo el colegio particular donde había estado
haciendo clases por todo este tiempo con lo que pude subsistir y educar a mi
hijo. Viajaría a la capital para
esperarlo, verlo. Estar con el nuevamente. Presentarle a mi hijo. Cuando llegó
del colegio le grité eufórica, ¡Te voy a hacer un regalo! Janito me quedó mirando extrañado. Sí, le
volví a gritar.
-¿Pero mamá que te pasa? Cálmate.
-Yo arreglaba mis cosas, mi hijo estaba
muy sorprendido, casi no podía hablar y
corría de un lado a otro enredándome en las cosas que estaba haciendo luego
pude decirlo, esta noche vamos a la capital , Janito se río.
¡Mamá!
¿A qué vamos a la capital?
¡Te voy a dar un regalo!
-¿Qué regalo mamá?
-Prefiero que no preguntes ahora,
después será la sorpresa será una gran sorpresa.
Mi hijo me había visto envejecer en esa soledad de mujer
abandonada por el ser amado y no sé qué
pensó en ese momento de una señora que hacía
rato había pasado los cuarenta, corría
de un lado a otro esperanzada como una niña de quince. Al final lo convencí
del viaje a Santiago pero que no
me hiciera más preguntas, tratándose de
tan buen hijo hicimos el viaje, sin sufrir
pana ni nada. Muy de madrugada llegamos a nuestro destino, tomamos desayuno en el mismo Terminal,
descansamos un rato y luego nos
encaminamos al Aeropuerto Internacional en un taxi, aún era temprano porque el avión llegaba a las once de la
mañana, según lo confirmó la oficina de información, el vuelo se había
retrasado por algunas turbulencias, al salir desde México donde habían hecho
escala.
Yo no cabía
en mí, de emoción después de tantos años volver a verlo, poder decirle a
mi hijo quien era su padre y más que eso
presentárselo allí mismo en el Aeropuerto,
al fin abrazarlo de nuevo, quererlo de nuevo, después de haberlo
esperado como Penélope esperó a Ulises. Seguramente esa tarde compartiríamos, nos iríamos a un
hotel con nuestro hijo como una familia, conversaríamos de tantas cosas,
después de esa larga pesadilla de la que aún
no lográbamos salir pues
estábamos esperando el plebiscito que sería la dedición para volver a la
democracia o seguir bajo un régimen militar, me sentaba, me paseaba, tomaba mi
abrigo en un brazo lo dejaba en el otro, iba al baño, mientras mi hijo
tranquilo leía el diario, después de
leerlo integro compró una revista,
pero ya estaba molesto. Cuando me dijo;
Yo no sé qué te pasa mamá, pero te
pido por favor que te calmes.
Si tuve que calmarme y disimular mi tremenda emoción, verlo cuando viniera hacia mí, cuando entrara por
esa puerta, por donde entraban todos los pasajeros que venían del extranjero,
todos los que regresaban del exilio, los
que volverían a pisar tierra chilena, los que llegarían a nuestra Patria, a
nuestro Chile querido, no pude contener las lágrimas, tan sólo de pensar esto
que tuve que irme al baño para secar mis lágrimas, y contener el llanto, llanto
de alegría, de emoción.
No quería que mi hijo se diera cuenta por lo que yo en ese momento estaba
pasando. No era la única, el
recinto estaba lleno de gente que no
conocía y ahora más calmada pude observar que la mayoría de las personas
estaban igual que yo, algunos fumaban,
otros se paseaban.
Me sonreí viéndome a mí misma en otras personas,
que seguramente guardaban tantos
secretos como yo, al lado mío había una viejita, entonces le pregunté a quién esperaba. Mi hijo se había alejado y estaba conversando con
unas jovencitas que estaban con sus
padres en una esquina del salón de espera. -Espero a mi hijo. Me respondió la
anciana. Con sus ojos llenos de lágrimas, le pedí tanto a Dios me permitiera
verlo antes de morir y Dios me
concedió este deseo, después de tantos años, ya tengo ochenta y dos años.
No quería morir sin verlo antes y ver a
mis nietos. Terminó diciendo sacando un pañuelo llevándoselo a los ojos.
Estoy muy feliz,
volvió a decir.
En
ese momento anunciaron el aterrizaje del avión, la gente se inquietó, yo me levanté de mi asiento llamando a Janito. La
anciana se levantó del asiento
quedándose a cierta distancia, todas las personas teníamos los rostro llenos de
esperanzas, emocionados, pero yo lo vi, si lo pude reconocer, él venía, se
destacaba su prestancia, lo hacía destacarse entre el resto de los pasajeros,
parece que inconsciente salté y dije en
voz alta ¡Mi amor está aquí! Tan grande la emoción de cada uno que nadie se
preocupó de la reacción del otro, pero
si oí a varias personas que muy ansiosas
decían ¡ahí viene!, ¡ellos vienen!
¡Llegaron! Expresiones dichas con
tanta emoción. El empezó a avanzar, yo tenía deseos de haber salido corriendo, abrazarlo haber salido a su encuentro, pero
no podía, la puerta de vidrio nos separaba, los pasajeros venían por la loza
avanzando, de pronto una señora Tan alta
como el, le pasa un niño como de ocho años, ella empieza a avanzar a su lado
con dos niños uno como de doce años y otro en brazos como de tres años, todos
rubios, muy rubios. No supe que pasó por
mí, en ese momento creí que me
desmayaba, esta emoción tan fuerte pensé
que me mataría, sentí que
perdería la razón, que mi cerebro se bloquearía, todos agolpados en la puerta
de entrada, Gente que se abrazaba,
risas, alegría llanto, un ruido enorme con voces. Como pude salí de aquel tumulto, antes de encontrarme encima
de él junto con su familia, a la distancia vi que otras personas lo estaban
esperando, me senté nuevamente en un banco, tratando de
tranquilizarme, abrí mí cartera saque un
cigarro y empecé a fumar, mi hijo no se atrevía
a preguntarme qué pasaba, luego saqué fuerzas y le dije. No llegó la persona que
esperábamos y me sonreí, aunque mi alma estaba desgarrada, y mis ojos llenos de lágrimas.
-No llores mamá. Me consoló Janito pasándome la mano por mis cabellos,
que ya estaban dando a conocer sus
primeras canas
La sala estaba casi despejada, quedaba
poca gente, cuando divisé a la anciana
que aún estaba mirando hacia la loza, muy
preocupada, le hablé.
-¿No llegó su
hijo? Con tristeza me respondió.
-Aún no lo sé.
En ese momento apareció una familia completa
con muchas maletas, jóvenes como de veinte años y un matrimonio de edad, saludaron a la anciana, él la
tomó casi en brazos. La viejita saludó a
cada uno de ellos muy emocionada, lloraba como una niña chica, le entregaban
regalos, la abrazaban, la besaban.
¡Tantos años madre mía!
¡Tantos años repetían todos!
Yo me emocioné al ver ese encuentro que pude observar,
porque los otros encuentros no los vi, por estar preocupada de mi misma, cuando
ya se iban, la anciana se acercó a mí preguntándome.
-¿No llegaron sus familiares?
Emocionada y llorosa, le respondí.
-No-
Ese, no me salió en un suspiro de llanto, ya no pude contenerme y lloré, mi hijo me
dijo
. Pero no llores mamá, por favor no
llores.
El también estaba dolido por mi dolor y lo terrible era que no sabía, cuán grande era mi dolor.
Entonces la anciana me dijo.
- Señora. ¿Porqué, no vamos a mi casa?
Miré su hermosa familia que venía
llegando y sentí esa tremenda alegría de la anciana deseosa de compartirla, con
una desposeída mujer de la dicha del amor y felicidad que en ese momento sólo
lloraba junto a su hijo.
Ellos se fueron así. Tan felices y yo
quedé allí en un torbellino de dolor, regresamos al Terminal de buses, para volver
a nuestra provincia del sur. Región del Bío Bío
El bus avanzaba por la carretera, dejando
atrás un sueño de esperanzas, perdidas en los recuerdos. Había que seguir adelante, si había soportado por tantos años
ahora tenía que construir un mundo nuevo con mi hijo, esa era mi mayor riqueza,
mi hijo amado, mi trabajo y yo.
EL PLEBISCITO
Siempre hay que abrigar un sueño, este
sueño era el plebiscito, habíamos trabajado en silencio y minuciosamente casi
en secreto, ellos tenían que sentirse seguros, por lo tanto nuestro trabajo era
un trabajo de hormigas, juntando adherentes para el no, en secreto, sin dar
ocasión para ser amenazados, lo que era
muy común. El “NO” tenía que ganar, de eso
dependía volver a la democracia. Nuestra democracia.
Cuando llegó ese día, fui vocal de
mesa, a las siete de la mañana nos constituimos sin saber quién era quién, en
silencio contando voto por voto, todo el
día trabajando sin decir palabra, fue difícil porque tantos años que la gente
no sufragaban, era todo un descontrol, pero
se hizo como se pudo, hasta que a las cinco de la tarde se cerró la
votación. Empezando a contar voto por voto, uno a uno el SI y el NO, En nuestra
mesa ganó el NO por poca diferencia, pero igual habíamos ganado. Tendríamos que
esperar el resultado general.
Nostálgicos, impacientes, nerviosos, el último resultado no llegaba, ahí en espera y espera. Demoró
mucho en llegar, algo así como a las doce de la noche o la una de la mañana,
recién dieron los cómputos finales.
GANÓ EL
NOOOOOOO
Mi alegría en silencio, pero tenía mi
corazón henchido de dicha, volveríamos a la democracia, al fin terminaría la
fatídica dictadura, difícil era poder expresar este triunfo volver a renacer,
volver a ser libres.
Cuando al fin confirmaron el triunfo del NO,
un grupo que esperábamos los resultados, cantamos la canción nacional sin la estrofa que le habían agregado los
militares, pero no sólo eso, un ponche como buenos Chilenos, nos abrazamos, y
más de alguna lágrima adornó nuestros rostros, llenos de júbilo de esperanzas,
de sueños, esa sería la primera noche que dormiríamos avanzando a la libertad.
FIN
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