Su Ultimo Fosforo
SU ÚLTIMO FOSFORO
Apurando
el paso, entró al ascensor, presionó el botón
se aferró al respaldo de la caja
metálica, se tomó la frente dando un suspiro de alivio. Había ejecutado la operación y esa misma noche le
cancelarían los cinco millones.
Partiría al extranjero… suspiró de nuevo con mucha alegría soportando un
calor extraño que le subía y bajaba por las venas. Miró el indicador,
permanecía apagado, percatándose que no
estaba en movimiento.
Su corazón seguía palpitando acelerado. . . No era la
primera vez que le pasaba, pero ahora debía colocar en movimiento el carro que lo llevaría al primer piso para escapar desapercibido. .
. miró fijamente la tecla en que se leía el uno, la presionó y esperó bajar,
sin sentir ninguna sensación de moverse.
Su corazón latió aún más fuerte, pasado
un segundo, la caja metálica que lo sostenía
se oscureció. Advirtió que sus rodillas se le doblaban, dejándose caer
para quedar sentado en el metro
cuadrado.
Sacó
el pañuelo para secarse la frente.
¡No
podía ser ¡
Había
logrado camuflarse a última hora.
Cuando el guardia cambiaba su turno, ocultando el paquete para dejarlo en la
parte central del edificio.
No le quedaban más de cuatro
horas, las cero horas lo iban a
sorprender encerrado en ese maldito ascensor.
El
pánico se apoderó de el,
prendió un fósforo logrando quemar el
poco oxigeno que contenía el cuarto
metálico.
Si no hubiera sido viernes, no le
quedaría todo el sábado y el domingo que estar allí. Pero, ¿Le duraría todo ese tiempo el oxígeno?
¡El
paquete! Pensó, no le permitiría
pasar más de las doce de la
noche.
Recordó a sus amigos y a esos
caballeros de incógnito que le encomendaron el trabajito. Le pareció tan sencillo, entrar al edificio a
última hora cuando ya todos hubieran abandonado sus puestos, en el último día de la semana, dejar el
paquete al centro y luego, recibir los cinco
millones. . . Soñar en Cancún, Acapulco,
Mónaco Río de Janeiro viajar por el mundo. . .
Creyó
que era una cantidad excesiva para una tarea tan fácil, pero ahora él
estaba encerrado allí, sin ninguna
posibilidad de salir.
Se acordó de Antonio, su amigo de la zapatería, pasó donde él primero con la caja.
-¿En
que andas Luciano?
Le
preguntó. Mientras envolvía un
par de botas a una joven rubia y esbelta. No
le preocupó la jovencita. Estaba
eufórico y sonriente. Dejó la caja sobre la vitrina del fondo, sentándose con
aire autoritario en uno de los sillones, miró
la alfombra con desprecio.
Te noto raro. Dijo Antonio.
¿Sí? – Respondió displicente, bueno, prosiguió, alguna vez hay
que cambiar.
Se levantó del asiento, con una mano en
el bolsillo.
-Poca
mercadería te queda, dijo mirando
a Antonio.
-Sí, los tiempos no son de lo mejor
para el comercio, ¿y tú a qué te dedicas, o sigues cobrando la cesantía?
-No, yo ahora estoy en un negocio
grande respondió, Luciano con énfasis abultando notablemente el tórax.
-Que bien te felicito-
-Tu comprendes Antonio no siempre uno
va a ser el mismo.
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Sintió la boca llena de saliva,
encendió el segundo fósforo, le pareció que había transcurrido un año en esa
helada oscuridad, Miró la hora, las veinte con diez minutos. Las oficinas se
cierran a las seis, pensó. Los empleados
terminan de retirarse en la media hora
siguiente, él había entrado a las dieciocho treinta y cinco y ya
eran más de las veinte, pese a lo interminable que encontraba el tiempo, no
quería que avanzara. Sería su fin. Nada le salvaría volaría por los aires, como parte de una erupción volcánica.
Todo su cuerpo se estremecía, un muñeco valía más
que él readucido a la nada convulsionado contra la base de la fría caja metálica, sin poder pedir auxilio, ni gritar, ni
patear, ocultándose de sí mismo, entre
sí mismo, no podía impedirlo, la hora
avanzaba y él allí convertido en un
guiñapo humano.
Se
había portado como un carajo con su amigo Antonio, cómo pedirle disculpas,
decirle, no, -No tengo un buen negocio, es sólo un riesgo en el que me juego el
pellejo, tiritando entero, pensaba en
voz alta.
-El hombre, se decía, mata y ayuda a matar. . .
Un hilillo de babas se escapó de su boca, se pasó la manga, apretando sus manos una contra la otra,
pensó en la caja. . . cuando salió
de la zapatería la tomó del
escritorio, se confundió. . . la
había dejado en la vitrina del fondo, le
entró la duda. ¿O en el escritorio? -Se
preguntó. Levantó la cabeza para aclarar sus ideas.
-Del
escritorio, se respondió a sí mismo. Una
idea siniestra lo sobresaltó y
gritó aterrado.
¡No! . . . Antonio no ¡Mi amigo
nooooooo!
Se levantó aferrándose a la puerta metálica, con una
leve escasez de oxigeno, sintió un
fuerte deseo de correr donde Antonio. . .¡No puede ser ¡ Susurraba.
Encendió su último fósforo, para ver la hora, el que se apagó al instante, alcanzando a leer ocho minutos
para las cero horas. Gritó aferrándose golpeteando los cuatro lados que lo
aprisionaban, gritaba en sollozos.
¡Antonio!
Ya no le importaba su vida, total él era el responsable, pero Antonio,
¿Por qué?
Deseaba sentir el
zumbido ensordecedor y volar por los aires, eso lo calmó si estaba deseando, ya
ni pensaba en los cinco millones. En
cierto modo sería placentero
volar entre los escombros, se calmó no
quiso contar los minutos, se sintió ahogado.
Quedarían cinco o cuatro o tres minutos. Pensó en silencio. Le daba lo mismo, el minuto final tenía que
llegar y abatido se sumergió en el escaso oxigeno aferrado al piso en una
tranquila posición de espera.
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